Entre un hombre y una mujer, un beso se lee como amor. Encaja en el sistema, en su narrativa. Entre dos hombres, el mismo gesto cambia. Se recodifica como exceso, como provocación.
Nada cambia en el acto. Lo que cambia es quién tiene permiso de hacerlo libremente. La intimidad queer rara vez se deja existir como amor. Se tolera solo cuando se queda dentro de los límites. Menos explícita. Menos física. Menos visible.
Conocemos esas reglas. Hemos vivido dentro de ellas. Y las rechazamos.
En Gegen Skin no estamos aquí solo para besarnos. Estamos aquí para morder.